“El milagro no es que terminara. El milagro es que tuve el coraje de empezar”
Lógicamente una máxima tan brillante no puede ser mía. La frase está sacada del libro The Courage To Start: A Guide To Running for Your Life, escrito por John “El Pingüino” Bingham ( http://www.johnbingham.com/ ), considerado en Estados Unidos como el gurú del corredor aficionado de la cola del pelotón. En aquel curioso país, “pingüino” es como se llama a todos aquellos que corren por la diversión de correr, más que por el reconocimiento de una “recompensa” en forma de podium, dinero, trofeo, etc. Igualmente, otras características del buen pingüino son las de pasarse casi toda la carrera mirando hacia atrás para confirmar que todavía vienen corredores; dejar de ver al pelotón principal apenas comenzada la prueba; ser adelantado por el padre que lleva al chiquillo en el cochecito en la primera cuesta; llegar cuando la ceremonia de entrega de premios hace tiempo que ha concluido; verse presionado por la furgoneta que recoge los conos y señales de la carrera;… en fin, cualquier otra circunstancia de estas características que muchos hemos padecido en primera persona.
Pues bien, con la moral por las nubes, con este bagaje bibliográfico y con los sabios consejos del Doc muy asimilados, me presentaba yo en Vitoria el pasado domingo a correr mi primera Media Maratón. Ajeno a pulsómetros, a linimentos, a medicamentos, a vendajes, a sofisticados estiramientos o a complicados cálculos matemáticos en los que intervienen y mezclan factores como kilómetros, tiempo, pulsaciones, velocidades,… ajeno incluso a los nervios previos a toda carrera que sufre el corredor de raza. Simplemente iba a pasármelo bien, y vaya si me lo pasé bien.
La estrategia de carrera que había planteado parecía diseñada por FAES para su puesta en práctica por el dúo Acebes / Zaplana, es decir, llevar a cabo una táctica ultraconservadora con el objetivo de llegar a meta en las mejores condiciones posibles. Como ya ha sido ampliamente comentado en este blog, en los últimos meses el entrenamiento me ha supuesto salidas a deshoras y a desdías, no perdiéndome ni un solo sábado de tirada larga –con su correspondiente sesión de abdominales a la vuelta dirigida por Saúl- desde el mes de septiembre. Así pues, para la Media de Vitoria me había planteado terminar sobre las dos horas, para lo cual debería llevar un ritmo en torno a los 6 minutos por kilómetro. Se trataba de un objetivo asequible y factible, ya que en alguna prueba que había hecho por mi cuenta había conseguido estar por los 5’ 15” para unos 17 kilómetros (máxima distancia que jamás había corrido).
De este modo, con un sol que no calentaba y una temperatura en torno a los 3° bajo cero, me despedí de los compañeros en el único momento de la carrera que coincidí con ellos: la línea de salida. Hábilmente, y estoy seguro que al contrario del 99% de los participantes, cuando comenzó la prueba, en vez de poner a volar al cronómetro, puse en marcha la apenas utilizada función de “cuenta atrás”, que previamente fijada en 6 minutos, me iba a permitir regularme en cada kilómetro y no obsesionarme con el tiempo transcurrido desde el pistoletazo inicial. Y así es como tranquilamente empecé a correr, sobrecogido por la cantidad de gente que podía adelantarme, sorprendido por no tener frío a pesar de lo que marcaban los termómetros, agradecido por la gente que te aplaudía, divertido al ver a un tío corriendo en pelotas, entretenido al descubrir una Vitoria desconocida, pero, sobre todo, satisfecho de ir cumpliendo marcas en menos de los seis minutos fijados, ritmo que me obligaba a volver a poner a cero la dichosa cuenta atrás del cronómetro para seguir limando segundos a cada kilómetro. Pasados los diez kilómetros, y viendo que las cosas rodaban muy bien y me encontraba pletórico, es cuando me planteo subir el ritmo (una vez creí entender al Doc que en distancias largas es mejor ir de menos a más), pero ¿cuándo?. Las dudas que asaltan la cabeza de los primerizos son de este tipo, ¿aprieto a falta de seis kilómetros?, ¿de cinco?, ¿y si por apretar me vengo abajo?, ¿y si me desfondo? El caso es que me decidí por el kilómetro 16, y a partir de ese momento es cuando sentí el vértigo de la carrera: pasas a todo el mundo y nadie puede adelantarte, notas que alguno trata de coger tu estela pero no pueden con tu ritmo, ves caras absolutamente desencajadas, cadencias totalmente rotas, gente sin apenas fuerzas,… es que (lo tengo que decir) ¡¡en los últimos cuatro kilómetros no me pasó nadie!! y no sólo eso, es que ¡¡adelanté al viejo que iba con el perro!! (humillante cuando les ví delante de mí al principio) y también ¡¡al tipo que corrió con txapela!!. Vamos, que los últimos cuatro kilómetros los hice a menos de 5 minutos.
Cuando crucé la línea de meta descubrí el tiempo total que había realizado, pero tenía la sensación de que estaba fresco y podía acometer algún kilómetro más (lo que no sabía es que 72 horas después todavía iba a sufrir al subir y bajar escaleras). Lo que sí me había quedado claro es que –como dice un amigo- mucho más importante que llegar antes o después fue disfrutar del camino. Os espero a todos en la próxima.
Lógicamente una máxima tan brillante no puede ser mía. La frase está sacada del libro The Courage To Start: A Guide To Running for Your Life, escrito por John “El Pingüino” Bingham ( http://www.johnbingham.com/ ), considerado en Estados Unidos como el gurú del corredor aficionado de la cola del pelotón. En aquel curioso país, “pingüino” es como se llama a todos aquellos que corren por la diversión de correr, más que por el reconocimiento de una “recompensa” en forma de podium, dinero, trofeo, etc. Igualmente, otras características del buen pingüino son las de pasarse casi toda la carrera mirando hacia atrás para confirmar que todavía vienen corredores; dejar de ver al pelotón principal apenas comenzada la prueba; ser adelantado por el padre que lleva al chiquillo en el cochecito en la primera cuesta; llegar cuando la ceremonia de entrega de premios hace tiempo que ha concluido; verse presionado por la furgoneta que recoge los conos y señales de la carrera;… en fin, cualquier otra circunstancia de estas características que muchos hemos padecido en primera persona.
Pues bien, con la moral por las nubes, con este bagaje bibliográfico y con los sabios consejos del Doc muy asimilados, me presentaba yo en Vitoria el pasado domingo a correr mi primera Media Maratón. Ajeno a pulsómetros, a linimentos, a medicamentos, a vendajes, a sofisticados estiramientos o a complicados cálculos matemáticos en los que intervienen y mezclan factores como kilómetros, tiempo, pulsaciones, velocidades,… ajeno incluso a los nervios previos a toda carrera que sufre el corredor de raza. Simplemente iba a pasármelo bien, y vaya si me lo pasé bien.
La estrategia de carrera que había planteado parecía diseñada por FAES para su puesta en práctica por el dúo Acebes / Zaplana, es decir, llevar a cabo una táctica ultraconservadora con el objetivo de llegar a meta en las mejores condiciones posibles. Como ya ha sido ampliamente comentado en este blog, en los últimos meses el entrenamiento me ha supuesto salidas a deshoras y a desdías, no perdiéndome ni un solo sábado de tirada larga –con su correspondiente sesión de abdominales a la vuelta dirigida por Saúl- desde el mes de septiembre. Así pues, para la Media de Vitoria me había planteado terminar sobre las dos horas, para lo cual debería llevar un ritmo en torno a los 6 minutos por kilómetro. Se trataba de un objetivo asequible y factible, ya que en alguna prueba que había hecho por mi cuenta había conseguido estar por los 5’ 15” para unos 17 kilómetros (máxima distancia que jamás había corrido).
De este modo, con un sol que no calentaba y una temperatura en torno a los 3° bajo cero, me despedí de los compañeros en el único momento de la carrera que coincidí con ellos: la línea de salida. Hábilmente, y estoy seguro que al contrario del 99% de los participantes, cuando comenzó la prueba, en vez de poner a volar al cronómetro, puse en marcha la apenas utilizada función de “cuenta atrás”, que previamente fijada en 6 minutos, me iba a permitir regularme en cada kilómetro y no obsesionarme con el tiempo transcurrido desde el pistoletazo inicial. Y así es como tranquilamente empecé a correr, sobrecogido por la cantidad de gente que podía adelantarme, sorprendido por no tener frío a pesar de lo que marcaban los termómetros, agradecido por la gente que te aplaudía, divertido al ver a un tío corriendo en pelotas, entretenido al descubrir una Vitoria desconocida, pero, sobre todo, satisfecho de ir cumpliendo marcas en menos de los seis minutos fijados, ritmo que me obligaba a volver a poner a cero la dichosa cuenta atrás del cronómetro para seguir limando segundos a cada kilómetro. Pasados los diez kilómetros, y viendo que las cosas rodaban muy bien y me encontraba pletórico, es cuando me planteo subir el ritmo (una vez creí entender al Doc que en distancias largas es mejor ir de menos a más), pero ¿cuándo?. Las dudas que asaltan la cabeza de los primerizos son de este tipo, ¿aprieto a falta de seis kilómetros?, ¿de cinco?, ¿y si por apretar me vengo abajo?, ¿y si me desfondo? El caso es que me decidí por el kilómetro 16, y a partir de ese momento es cuando sentí el vértigo de la carrera: pasas a todo el mundo y nadie puede adelantarte, notas que alguno trata de coger tu estela pero no pueden con tu ritmo, ves caras absolutamente desencajadas, cadencias totalmente rotas, gente sin apenas fuerzas,… es que (lo tengo que decir) ¡¡en los últimos cuatro kilómetros no me pasó nadie!! y no sólo eso, es que ¡¡adelanté al viejo que iba con el perro!! (humillante cuando les ví delante de mí al principio) y también ¡¡al tipo que corrió con txapela!!. Vamos, que los últimos cuatro kilómetros los hice a menos de 5 minutos.
Cuando crucé la línea de meta descubrí el tiempo total que había realizado, pero tenía la sensación de que estaba fresco y podía acometer algún kilómetro más (lo que no sabía es que 72 horas después todavía iba a sufrir al subir y bajar escaleras). Lo que sí me había quedado claro es que –como dice un amigo- mucho más importante que llegar antes o después fue disfrutar del camino. Os espero a todos en la próxima.
3 comentarios:
¿Te acuerdas cuando entre el Turco, Sebio y yo te picábamos para que salieras a correr?.
Hoy estás hecho todo un corredor y disfrutas saliendo a rodar con el grupo.
Tu crónica de la carrera, como siempre, de un lujo y una excelencia gramatical inigualables.
Lo único que ha llamado poderosamente mi atención ha sido una frase: "divertido al ver a un tío corriendo en pelotas".
La verdad es que no me podía imaginar nunca que te divirtieras viendo a un tio correr en pelotas, ¿qué tiene de divertido?. Hoy en día no hay que esconder ninguna conducta sexual, pero me choca que hagas esta afirmación de "sopetón", sin avisar en casa y por si fuera poco en estas fechas tan señaladas...
En fin, me alegro de que disfrutaras corriendo...
Fantastica narración, que envidia.
..... sana,pero envidia.Mis más si-
nceras felicitaciones.
Brillante comentario, para una brillante jornada. Enhorabuena, compañero del alma, compañero. Eres un ejemplo y un modelo para todos los que habitualmente vamos en el furgón de cola o coche escoba. Sólo espero que alguna mañana, de algún día y en algún lugar pueda emular tu proeza. Tiempo al tiempo. Nuestro objetivo sigue siendo en 2009 y N. Y.
Mañana hay carrerita. Espero que podamos venos todos, y contarnos en primera persona las experiencias. Hoy ha ido Muchacho, a ver si también mañana nos puede acompañar.
Os quiere, Kun.
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