Sin duda que el momento más hilarante del maratón ocurrió la víspera. Llamada de mi madre con el cuándo sales, quién te acompaña, cómo vuelves,… hasta que realiza la pregunta clave: “Entonces, ¿cuánto es?” Uno que es largo, viéndola venir, contesta: “¿cuánto de tiempo o cuánto de distancia?” Silencio sepulcral. “De distancia”. Ya no tengo escapatoria, tengo que contestar. “42 kilómetros”, digo deprisa. Apostilla de la señora Elena, “pero no los harás enteros, ¿no?”....
Pues con los mejores ánimos enviados por mi madre la víspera, desembarcábamos a las 8 de la mañana en San Sebastián donde ya había buen ambiente: atasco en las inmediaciones de Anotea, un guardia mandándonos a la plaza de toros y bastante gente en la calle; unos calentando, otros yendo a por el dorsal, otros acompañando, otros simplemente brujuleando. Establecida la logística por Sebio, mientras él aparcaba el coche yo me encaminé a retirar el dorsal (1688). Tras pegarme varias veces con los imperdibles, pincharme, colocar y descolocar, finalmente fijé en el centro exacto de la camiseta el dorsal. Fui al encuentro de Sebio y Juan, mostrándoles orgulloso cómo quedaba conjuntado el número dado con la camiseta del Club. Me fijo, y el número perfectamente colocado era el 1618. Pánico. Si fuera el de un etíope lo hubiera dejado pasar, pero no me fiaba. Así que vuelta a por mi número y, sobre todo, mi chip.
Diez minutos antes de la salida, el momento mimético del día: todo el mundo está bebiendo menos yo. Pues estaré equivocado, me digo. Busco un bar donde encuentro el agua y el siguiente cartel (más o menos literal) colocado detrás de la barra: APUESTA DE 20 EUROS. A que Patxi el de las torres llega antes que Badiola a Anoeta en el maratón del domingo. GANA HASTA 500 EUROS. Alucinante. Rápida conclusión: Si Patxi el de las torres, imagino cliente habitual del bar, está capacitado para llegar antes que Badiola, cómo no voy a llegar yo con el entrenamiento que tengo. Pues eso, a por ellos.
A las nueve en punto, mientras el comentarista animaba el cotarro con todo tipo de explicaciones, un disparo interrumpe su discurso y le obliga a decir: ¡¡Y ahora comienza el maratón de San Sebastián!! Mañana fría, unos diez grados de temperatura y viento fuerte en algunas zonas. No llueve. Creo que sin llegar a los tres kilómetros el grueso del pelotón ya está bastante colocado. Ruedo conscientemente a cinco minutos el kilómetro o un pelín menos, no perdiendo contacto visual con el de la bicicleta que pone 3 h. 30 en su cartel. Disfruto de la ciudad y de sus edificios. En el km. 7 alcanzo a un hombre con una camiseta del CA Olimpia de San Román. Le abordo y me pongo a charlar con él. Se llama Luis y ya lleva unas cuantas maratones encima. “Reserva algo para el final”, me aconseja cuando le abandono en el km. 12. En torno a ese kilómetro, altura del Kursaal, pasa revista Sebio, que me acompaña corriendo unos metros. Voy muy bien. Estamos en la primera de las dos vueltas largas. Comento con otros corredores, bebo prácticamente en cada avituallamiento y sigo en mis cinco. Desde esa zona de La Concha nos mandan hacia la playa de Ondarreta, y ya desde allí enfilamos hacia la zona del campus universitario, que se va haciendo más aburrida, desembocando en un polígono industrial donde ya se vuelve hacia Anoeta para cubrir la vuelta larga.
Según mi pulsómetro, paso el medio maratón en un poco menos de 1 hora 45 minutos. Voy perfecto. Más o menos a esa altura me puse en un grupito con María Jesús; Mariaje para los numerosos conocidos, pues medio San Sebastián así la saludaba. Aquí certificamos el chollo de ser mujer y correr en Euskadi. No sé si es que no se creen lo que están viendo, si tendrá que ver el machismo euskaldun o será aquello del culto y respeto al matriarcado que estudió Caro Baroja, el caso es que ir al lado de una mujer es garantía de recibir ánimos: ¡¡Apa neska!!, ¡¡vamos Mariaje!!, ¡¡esa neska, bravo!!... y es que sólo animan a la neska. Y al resto es que ni nos ven. Como comprenderéis, no pude quedarme callado, haciendo las pertinentes observaciones a la protagonista que, como es natural, ni se dignó en contestar. Eso sí, hacia el km. 23 aparecen Sebio y Juan en una orilla y comento, “pues esta es toda la afición que he traído y no me pasa nada”. De nuevo Sebio me acompaña unos metros, prometiéndome el gel en el km. 27. Sigo muy bien, hidratándome siempre que tengo oportunidad.
El gel en el 27 me viene bien. Es la última gran vuelta que damos y hay que prepararse para lo que pueda venir. Aquí es cuando me avisa Sebio: “Dejo al crío en Anoeta, me visto y vengo a buscarte”. Un fenómeno. Paso el túnel dirección Ondarreta y ya empiezo a notar las piernas y, oh sorpresa, la cabeza (aunque ésta ya sabéis que nunca ha estado del todo “normal”). De pulsaciones voy muy bien. No hago caso. Enfilo hacia el polígono: largas rectas, rotondas, poca gente, paisaje desangelado. Antes de dar la vuelta al polígono, dirección a meta, parada técnica. No entraré en detalles, pero tanta y tan constante hidratación acarrea sus consecuencias. Vuelvo a la carretera. Las piernas empiezan a pesar y la cabeza a doler. De pulsaciones sigo muy bien. Me cruzo con Mikel Erentxun y no puedo menos que animarle: le veo muy mal (luego me entero que se desmayó a la llegada). Será el km. 34 cuando veo que a mi derecha se pone un hombre muy feo que tiene un mazo muy grande en la mano, me tira el mazazo y le esquivo. No se cómo ha pasado pero se me han adosado unas traviesas de ferrocarril en los gemelos y mover las piernas cuesta un montón. Pero sigo. Veo que el hombre feo empieza a repartir mazazos a todos los que pesca. Santa escabechina: a varios les deja andando, de otros se ocupan los de la DYA, a uno un poco más allá unas chavalas de chaleco amarillo le atienden en el suelo,… todo huele a reflex. No me gustan ni ese tipo de ambientes ni ese tipo de gentes y sólo pienso en salir de allí como sea, pero veo que las piernas no van lo deprisa que me gustaría; así todo, sigo avanzando hacia la playa de Ondarreta donde se abre el espacio, cambia el paisaje y hay más gente. De pulsaciones sigo perfecto.
De repente, a lo lejos, una aparición: un tío con camiseta de CorriendoenSantander que viene en sentido contrario a todo el mundo como no podía ser de otro modo tratándose del protagonista. Es el km. 37. Creo que le faltó gritar, ¡¡¡Pajarín al rescate!!! para que la escena fuera completa, pero no fue así. Se puso a mi altura, me dio palique, me dio ánimos, empezamos a ver gente, me tomé la reserva de gel que llevaba en el bolsillo y empezamos a darle caña. Fueron cuatro kilómetros que tengo la sensación de haberlos hecho rápido y de nuevo con buen humor. Comienzas a callejear por San Sebastián, empieza a haber mucha gente que no escatima ni un aplauso ni una palabra de aliento, te cambia la cara. Unos críos a lo lejos me ofrecen la mano para chocarla, les aviso a gritos: “sólo os la choco si animáis”. Con la madre al frente se vuelven locos: ¡¡venga, vamos, vamos…!! No había neskas alrededor, así que los gritos eran para mí. Vemos Anoeta ahí mismo. Sebio me deja y tengo la sensación de empezar a despegar. A unos les adelantas y otros te adelantan, pero todos estamos de fiesta. Cruzo la puerta, piso el tartán y doy media vuelta al Estadio que me sabe a gloria. Juan y Sebio saludan desde la grada, no les veo pero les oigo. Cruzo debajo de la pancarta de llegada. Se para el cronómetro: tres horas, treinta y nueve minutos y tres segundos. Estoy levitando.
Pues con los mejores ánimos enviados por mi madre la víspera, desembarcábamos a las 8 de la mañana en San Sebastián donde ya había buen ambiente: atasco en las inmediaciones de Anotea, un guardia mandándonos a la plaza de toros y bastante gente en la calle; unos calentando, otros yendo a por el dorsal, otros acompañando, otros simplemente brujuleando. Establecida la logística por Sebio, mientras él aparcaba el coche yo me encaminé a retirar el dorsal (1688). Tras pegarme varias veces con los imperdibles, pincharme, colocar y descolocar, finalmente fijé en el centro exacto de la camiseta el dorsal. Fui al encuentro de Sebio y Juan, mostrándoles orgulloso cómo quedaba conjuntado el número dado con la camiseta del Club. Me fijo, y el número perfectamente colocado era el 1618. Pánico. Si fuera el de un etíope lo hubiera dejado pasar, pero no me fiaba. Así que vuelta a por mi número y, sobre todo, mi chip.
Diez minutos antes de la salida, el momento mimético del día: todo el mundo está bebiendo menos yo. Pues estaré equivocado, me digo. Busco un bar donde encuentro el agua y el siguiente cartel (más o menos literal) colocado detrás de la barra: APUESTA DE 20 EUROS. A que Patxi el de las torres llega antes que Badiola a Anoeta en el maratón del domingo. GANA HASTA 500 EUROS. Alucinante. Rápida conclusión: Si Patxi el de las torres, imagino cliente habitual del bar, está capacitado para llegar antes que Badiola, cómo no voy a llegar yo con el entrenamiento que tengo. Pues eso, a por ellos.
A las nueve en punto, mientras el comentarista animaba el cotarro con todo tipo de explicaciones, un disparo interrumpe su discurso y le obliga a decir: ¡¡Y ahora comienza el maratón de San Sebastián!! Mañana fría, unos diez grados de temperatura y viento fuerte en algunas zonas. No llueve. Creo que sin llegar a los tres kilómetros el grueso del pelotón ya está bastante colocado. Ruedo conscientemente a cinco minutos el kilómetro o un pelín menos, no perdiendo contacto visual con el de la bicicleta que pone 3 h. 30 en su cartel. Disfruto de la ciudad y de sus edificios. En el km. 7 alcanzo a un hombre con una camiseta del CA Olimpia de San Román. Le abordo y me pongo a charlar con él. Se llama Luis y ya lleva unas cuantas maratones encima. “Reserva algo para el final”, me aconseja cuando le abandono en el km. 12. En torno a ese kilómetro, altura del Kursaal, pasa revista Sebio, que me acompaña corriendo unos metros. Voy muy bien. Estamos en la primera de las dos vueltas largas. Comento con otros corredores, bebo prácticamente en cada avituallamiento y sigo en mis cinco. Desde esa zona de La Concha nos mandan hacia la playa de Ondarreta, y ya desde allí enfilamos hacia la zona del campus universitario, que se va haciendo más aburrida, desembocando en un polígono industrial donde ya se vuelve hacia Anoeta para cubrir la vuelta larga.
Según mi pulsómetro, paso el medio maratón en un poco menos de 1 hora 45 minutos. Voy perfecto. Más o menos a esa altura me puse en un grupito con María Jesús; Mariaje para los numerosos conocidos, pues medio San Sebastián así la saludaba. Aquí certificamos el chollo de ser mujer y correr en Euskadi. No sé si es que no se creen lo que están viendo, si tendrá que ver el machismo euskaldun o será aquello del culto y respeto al matriarcado que estudió Caro Baroja, el caso es que ir al lado de una mujer es garantía de recibir ánimos: ¡¡Apa neska!!, ¡¡vamos Mariaje!!, ¡¡esa neska, bravo!!... y es que sólo animan a la neska. Y al resto es que ni nos ven. Como comprenderéis, no pude quedarme callado, haciendo las pertinentes observaciones a la protagonista que, como es natural, ni se dignó en contestar. Eso sí, hacia el km. 23 aparecen Sebio y Juan en una orilla y comento, “pues esta es toda la afición que he traído y no me pasa nada”. De nuevo Sebio me acompaña unos metros, prometiéndome el gel en el km. 27. Sigo muy bien, hidratándome siempre que tengo oportunidad.
El gel en el 27 me viene bien. Es la última gran vuelta que damos y hay que prepararse para lo que pueda venir. Aquí es cuando me avisa Sebio: “Dejo al crío en Anoeta, me visto y vengo a buscarte”. Un fenómeno. Paso el túnel dirección Ondarreta y ya empiezo a notar las piernas y, oh sorpresa, la cabeza (aunque ésta ya sabéis que nunca ha estado del todo “normal”). De pulsaciones voy muy bien. No hago caso. Enfilo hacia el polígono: largas rectas, rotondas, poca gente, paisaje desangelado. Antes de dar la vuelta al polígono, dirección a meta, parada técnica. No entraré en detalles, pero tanta y tan constante hidratación acarrea sus consecuencias. Vuelvo a la carretera. Las piernas empiezan a pesar y la cabeza a doler. De pulsaciones sigo muy bien. Me cruzo con Mikel Erentxun y no puedo menos que animarle: le veo muy mal (luego me entero que se desmayó a la llegada). Será el km. 34 cuando veo que a mi derecha se pone un hombre muy feo que tiene un mazo muy grande en la mano, me tira el mazazo y le esquivo. No se cómo ha pasado pero se me han adosado unas traviesas de ferrocarril en los gemelos y mover las piernas cuesta un montón. Pero sigo. Veo que el hombre feo empieza a repartir mazazos a todos los que pesca. Santa escabechina: a varios les deja andando, de otros se ocupan los de la DYA, a uno un poco más allá unas chavalas de chaleco amarillo le atienden en el suelo,… todo huele a reflex. No me gustan ni ese tipo de ambientes ni ese tipo de gentes y sólo pienso en salir de allí como sea, pero veo que las piernas no van lo deprisa que me gustaría; así todo, sigo avanzando hacia la playa de Ondarreta donde se abre el espacio, cambia el paisaje y hay más gente. De pulsaciones sigo perfecto.
De repente, a lo lejos, una aparición: un tío con camiseta de CorriendoenSantander que viene en sentido contrario a todo el mundo como no podía ser de otro modo tratándose del protagonista. Es el km. 37. Creo que le faltó gritar, ¡¡¡Pajarín al rescate!!! para que la escena fuera completa, pero no fue así. Se puso a mi altura, me dio palique, me dio ánimos, empezamos a ver gente, me tomé la reserva de gel que llevaba en el bolsillo y empezamos a darle caña. Fueron cuatro kilómetros que tengo la sensación de haberlos hecho rápido y de nuevo con buen humor. Comienzas a callejear por San Sebastián, empieza a haber mucha gente que no escatima ni un aplauso ni una palabra de aliento, te cambia la cara. Unos críos a lo lejos me ofrecen la mano para chocarla, les aviso a gritos: “sólo os la choco si animáis”. Con la madre al frente se vuelven locos: ¡¡venga, vamos, vamos…!! No había neskas alrededor, así que los gritos eran para mí. Vemos Anoeta ahí mismo. Sebio me deja y tengo la sensación de empezar a despegar. A unos les adelantas y otros te adelantan, pero todos estamos de fiesta. Cruzo la puerta, piso el tartán y doy media vuelta al Estadio que me sabe a gloria. Juan y Sebio saludan desde la grada, no les veo pero les oigo. Cruzo debajo de la pancarta de llegada. Se para el cronómetro: tres horas, treinta y nueve minutos y tres segundos. Estoy levitando.

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