Yo, sinceramente, no sé por qué diablos se corre una Maratón. No tengo ni idea. Corres riesgos. Muchos riesgos: quedarte sin fuerzas, lesionarte, llegar al límite, quedarte vacío... Y corres muchos kilómetros. Son 42 kilómetros y son muchos. Dicen que lo peor de la Maratón, más que correrla, es su preparación. Son muchos días de series, de tiradas largas, de tiradas súper largas y de tiradas extra largas. Por eso sigo sin saber por qué se corre. Es muy difícil saber cómo se puede llegar a dominar una distancia tan extraordinaria. Quizá la única fórmula mágica es el método, el método y el método. Separarse del método y del día a día es condenarse a un fracaso seguro. El método supone que hay que ir de menos a más. Hay que regular las distancias de preparación. Significa que no debes ir a tope desde el primer minuto, porque corres el riesgo de no aguantar la carga de kilómetros. Si se cumple el método a rajatabla, se corre la prueba casi sin riesgo y con confianza en uno mismo.
Las 5:00 a.m. era la hora marcada para que sonara el despertador. El ánimo estaba pletórico. El desayuno con dos sobaos estaba preparado y la ropa estaba esperándonos. Hacía frío, mucho frío y, además, llovía. En Marisma habíamos quedado para ir en dos coches. Yo iba en el coche de Sebi, con Frodo y su hijo Juan. Dirección este, siguiendo la estela del planeta Venus. Velocidad: 150 km/h. Corre ahora, que luego ya verás. La llegada a Anoeta es fácil. Llegamos y nos preparamos. El Doc nos da las últimas instrucciones y consejos. Me da tranquilidad y seguridad. Nos damos un pringue para las piernas. Yo me había depilado las piernas, porque alguien me había dicho que era bueno para la Maratón (creo que para algo de las cremas). Como si correr sin vello te diese fuerzas. La verdad es que ahora me siento algo ridículo; sin mis queridos pelos en las piernas. ¿Me estaré haciendo metrosesual?
El método marca que hay que hacer la primera Media más lenta que la segunda y no al revés. Salgo a mi aire y me quedo con Sebi y Fidel. Todos van por delante. El ritmo es bueno. 5’20’’/5’30’’. Pasamos a la liebre de 4 horas como si tal cosa. Tenemos que ir sujetando a Fidel. Va como un tiro y nos lleva a nosotros. Nos juntamos con varios grupos. Casi todos son de la ciudad. Que si “qué bonito es esto”; que si “cuanto vale un pisito por aquí”, que si tal y que si cual, y queseyo. Llegamos al kilómetro 20. El método marca que no deben hacerse paradas para tomar el avituallamiento. Pero yo busco un poco de gel. Empiezo a tener gusanillo y lo devoro. Me retraso y cuando me quiero dar cuenta, tengo a mis Hermanos a 20 metros. Luego son 30, 50, 100. Luego ya no les veo. Sé que hay que controlar esos impulsos y evitar ir a tirones. Como no les cojo, no me obsesiono con ellos. En torno al kilómetro 22/23 les pierdo la pista (empezamos la tercera vuelta y última al circuito), pero me rescata la Presidenta.
Yoli y yo somos compañeros de correrías desde la categoría cadete. Todo sabido el uno del otro y el otro del uno. No hay secretos. Nos hemos quedado demasiadas veces juntos. Voy muy bien con ella. Los dos tenemos ritmo constante y un estilo heterodoxo. No hace falta ni que hablemos. Nos acompaña la hermana Fiu, recién incorporada a la carrera. Ella anima a sus acompañantes, a los que están a su lado, a los que miran y escrutan, a los que corren y a los que no corren. También tiene un estilo personal. Seguimos a ritmo. Creo que vuelve a llover por segunda vez. Mi percepción de la realidad se me hace algo nubosa y alejada. Se parece bastante al día que hace. El Doc nos informa del tiempo que vamos haciendo. Si seguimos así bajamos Yoli y yo de las 4 horas. Acertará al cincuenta por ciento. La vejiga está a punto de estallar. Me tengo que parar en una obra. Imagen surrealista. Qué frío hace. Coincido con otros dos en la misma pose. Nos miramos y no podemos decir nada. Mis dos compañeras se han alejado y no las veo ya hasta la meta. Me doy cuenta de que es el kilómetro 30 y que voy muy justo. Ya no tengo buenas sensaciones. Vuelvo a ver al Doc. Me da ánimos y me dejo coger por la liebre a la que pasé dos párrafos antes. Me dice la liebre que me una a ellos y me da ánimos. Es el momento difícil de la carrera. Ese momento en el que debes conocer el cuerpo. El método dice que hay que entrenar mucho para cuando llegan esos momentos. El entreno es la base de todo. Hace que tengas confianza en tus fuerzas y, con confianza, todo se supera mejor. Dios, me quedan 11 kilómetros. Y estoy a mitad de la última vuelta. Me cruzo con casi todos los Hermanos a los que saludo, ellos ya vuelven hacia Anoeta. Emilio, Fidel, Alfonso, Abuelo, Carmen, Yoli y Fiu. Alguno me confirmaría luego que yo iba muy pálido y bloqueado. De todas formas me parece que no me sacan tanto. Trato de animarme. La minutada me cae desde aquí al final.
Aguanto como puedo los calambres en los muslos de las piernas, aunque me tengo que parar. En el km 40 me espera el Doc y hace conmigo los dos últimos kilómetros. Al menos esta parte la hago con algo de dignidad. Me ayuda a estirar las piernas. Me siento afortunado. En poder vivirlo y en poder contarlo ahora a todos vosotros. Veo a mis hijas y a Marta. Si no me conociesen, pensarían que eso que se me escapa por la mejilla es una lágrima. Los kilómetros tienen 2.000 metros. La entrada al estadio de Anoeta es emocionante. Mis chicas me aplauden a rabiar y doy el último esfuerzo. También me aplauden en la grada (joder qué éxito!). Veo a Pedro y a Marta y al resto de mis chicas del Club. He llegado.
Estoy contento. No voy a decir por qué el resultado final no respondió a mis (anteriores) expectativas. No lo sé. Queda para la reflexión futura y para el atletismo-fórum. Quiero, además, alejarme de ese barniz funerario y pesimista que tienen varias de mis crónicas atléticas (¿todas?). Haberse separado del método pasa factura. Pero, para qué os voy a engañar, me siento muy afortunado y muy alegre. El futuro es largo y quedan otras carreras y otros Maratones. Habrá otras ocasiones y otros métodos.
Sé que la Hermana Pru está triste. Pero le digo lo que me digo yo. El futuro es largo y quedan muchas carreras. Y retirarse de una Maratón cuando te lo pide el cuerpo es un logro en sí mismo. Eso también lo marca el método: hay que escuchar al cuerpo.
Para el final quiero dejar al Hermano Doc. Su papel en este viaje feliz se me antoja fundamental. Qué organización (ayudado por su Secretario Juan). Ha sido más constante que muchos de nosotros. Espero, además, que nos ayude en sucesivas pruebas y en futuras ocasiones. Se le nota ese espíritu indomable rojiblanco (Don José Eulogio está orgulloso de ti). Es un auténtico fenómeno. Me alegro de conocerle, y me alegro de conoceros
Hermanos, quedan muchas más. Pero la próxima vez, ¿cumpliré el método?
Las 5:00 a.m. era la hora marcada para que sonara el despertador. El ánimo estaba pletórico. El desayuno con dos sobaos estaba preparado y la ropa estaba esperándonos. Hacía frío, mucho frío y, además, llovía. En Marisma habíamos quedado para ir en dos coches. Yo iba en el coche de Sebi, con Frodo y su hijo Juan. Dirección este, siguiendo la estela del planeta Venus. Velocidad: 150 km/h. Corre ahora, que luego ya verás. La llegada a Anoeta es fácil. Llegamos y nos preparamos. El Doc nos da las últimas instrucciones y consejos. Me da tranquilidad y seguridad. Nos damos un pringue para las piernas. Yo me había depilado las piernas, porque alguien me había dicho que era bueno para la Maratón (creo que para algo de las cremas). Como si correr sin vello te diese fuerzas. La verdad es que ahora me siento algo ridículo; sin mis queridos pelos en las piernas. ¿Me estaré haciendo metrosesual?
El método marca que hay que hacer la primera Media más lenta que la segunda y no al revés. Salgo a mi aire y me quedo con Sebi y Fidel. Todos van por delante. El ritmo es bueno. 5’20’’/5’30’’. Pasamos a la liebre de 4 horas como si tal cosa. Tenemos que ir sujetando a Fidel. Va como un tiro y nos lleva a nosotros. Nos juntamos con varios grupos. Casi todos son de la ciudad. Que si “qué bonito es esto”; que si “cuanto vale un pisito por aquí”, que si tal y que si cual, y queseyo. Llegamos al kilómetro 20. El método marca que no deben hacerse paradas para tomar el avituallamiento. Pero yo busco un poco de gel. Empiezo a tener gusanillo y lo devoro. Me retraso y cuando me quiero dar cuenta, tengo a mis Hermanos a 20 metros. Luego son 30, 50, 100. Luego ya no les veo. Sé que hay que controlar esos impulsos y evitar ir a tirones. Como no les cojo, no me obsesiono con ellos. En torno al kilómetro 22/23 les pierdo la pista (empezamos la tercera vuelta y última al circuito), pero me rescata la Presidenta.
Yoli y yo somos compañeros de correrías desde la categoría cadete. Todo sabido el uno del otro y el otro del uno. No hay secretos. Nos hemos quedado demasiadas veces juntos. Voy muy bien con ella. Los dos tenemos ritmo constante y un estilo heterodoxo. No hace falta ni que hablemos. Nos acompaña la hermana Fiu, recién incorporada a la carrera. Ella anima a sus acompañantes, a los que están a su lado, a los que miran y escrutan, a los que corren y a los que no corren. También tiene un estilo personal. Seguimos a ritmo. Creo que vuelve a llover por segunda vez. Mi percepción de la realidad se me hace algo nubosa y alejada. Se parece bastante al día que hace. El Doc nos informa del tiempo que vamos haciendo. Si seguimos así bajamos Yoli y yo de las 4 horas. Acertará al cincuenta por ciento. La vejiga está a punto de estallar. Me tengo que parar en una obra. Imagen surrealista. Qué frío hace. Coincido con otros dos en la misma pose. Nos miramos y no podemos decir nada. Mis dos compañeras se han alejado y no las veo ya hasta la meta. Me doy cuenta de que es el kilómetro 30 y que voy muy justo. Ya no tengo buenas sensaciones. Vuelvo a ver al Doc. Me da ánimos y me dejo coger por la liebre a la que pasé dos párrafos antes. Me dice la liebre que me una a ellos y me da ánimos. Es el momento difícil de la carrera. Ese momento en el que debes conocer el cuerpo. El método dice que hay que entrenar mucho para cuando llegan esos momentos. El entreno es la base de todo. Hace que tengas confianza en tus fuerzas y, con confianza, todo se supera mejor. Dios, me quedan 11 kilómetros. Y estoy a mitad de la última vuelta. Me cruzo con casi todos los Hermanos a los que saludo, ellos ya vuelven hacia Anoeta. Emilio, Fidel, Alfonso, Abuelo, Carmen, Yoli y Fiu. Alguno me confirmaría luego que yo iba muy pálido y bloqueado. De todas formas me parece que no me sacan tanto. Trato de animarme. La minutada me cae desde aquí al final.
Aguanto como puedo los calambres en los muslos de las piernas, aunque me tengo que parar. En el km 40 me espera el Doc y hace conmigo los dos últimos kilómetros. Al menos esta parte la hago con algo de dignidad. Me ayuda a estirar las piernas. Me siento afortunado. En poder vivirlo y en poder contarlo ahora a todos vosotros. Veo a mis hijas y a Marta. Si no me conociesen, pensarían que eso que se me escapa por la mejilla es una lágrima. Los kilómetros tienen 2.000 metros. La entrada al estadio de Anoeta es emocionante. Mis chicas me aplauden a rabiar y doy el último esfuerzo. También me aplauden en la grada (joder qué éxito!). Veo a Pedro y a Marta y al resto de mis chicas del Club. He llegado.
Estoy contento. No voy a decir por qué el resultado final no respondió a mis (anteriores) expectativas. No lo sé. Queda para la reflexión futura y para el atletismo-fórum. Quiero, además, alejarme de ese barniz funerario y pesimista que tienen varias de mis crónicas atléticas (¿todas?). Haberse separado del método pasa factura. Pero, para qué os voy a engañar, me siento muy afortunado y muy alegre. El futuro es largo y quedan otras carreras y otros Maratones. Habrá otras ocasiones y otros métodos.
Sé que la Hermana Pru está triste. Pero le digo lo que me digo yo. El futuro es largo y quedan muchas carreras. Y retirarse de una Maratón cuando te lo pide el cuerpo es un logro en sí mismo. Eso también lo marca el método: hay que escuchar al cuerpo.
Para el final quiero dejar al Hermano Doc. Su papel en este viaje feliz se me antoja fundamental. Qué organización (ayudado por su Secretario Juan). Ha sido más constante que muchos de nosotros. Espero, además, que nos ayude en sucesivas pruebas y en futuras ocasiones. Se le nota ese espíritu indomable rojiblanco (Don José Eulogio está orgulloso de ti). Es un auténtico fenómeno. Me alegro de conocerle, y me alegro de conoceros
Hermanos, quedan muchas más. Pero la próxima vez, ¿cumpliré el método?









